Escuela para padres

Familias Siglo XXI: modelo para armar (2º parte)

Alrededor del trabajo/ Los Petroni y Cía.
En la misma casa conviven miembros de distintas familias.
Fabrican muebles de autor

Desde hace dos años, la casa de los Petroni no es "la casa de los Petroni". Es la casa donde conviven los Petroni, los Giunta, los Altamirano, los Quevedo y algún extra que nunca falta: una familia con asociados.

Un día mamá Graciela, separada, madre de dos adolescentes, arquitecta y emprendedora, se cansó de lamentar la crisis y armó en su casa un taller y una sala de exhibición de muebles de autor hechos con hierro y cemento.

Desde entonces, ella y sus dos hijos conviven con un albañil, su ayudante, una abuela con demencia senil que habita la parte delantera de su casa de Palermo Viejo, y hasta con clientes y proveedores.

"Somos como una familia ampliada. Mis amigos dicen que parecemos esas familias medievales, donde la estructura familiar se organizaba alrededor del trabajo", cuenta Graciela Petroni. En ocasiones, la planta baja de la casa se convierte en un depósito de partes de muebles. "Decís: bueno... ¿vamos a comer? Corrés un poco las cosas y comés. Es una casa-taller y vivimos como en una comunidad".

Los hijos de la comunidad son Pablo, de 20 años, que estudia Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y locución en la Escuela Eter, y Laura, de 18, que cursa el ciclo básico de Psicología en la UBA y Realización de Cine y Televisión. En la casa hay dos teléfonos: uno comercial y otro particular. Mejor dicho, uno para los adultos y otro para los adolescentes. A pesar de los esfuerzos, lo más normal es que cualquiera atienda cualquier teléfono, tome cualquier mensaje, se lo pase a cualquier destinatario, menos al indicado, y se arme el clásico teléfono descompuesto.

La comunidad también tiene una sucursal. En la parte delantera de la casa, con entrada independiente y con personal de cuidado propio, vive la abuela, que es como el bebe de la familia. "Al final soy como una mujer orquesta: me pongo el mameluco, me saco el mameluco; me pongo los zapatos de taco, me saco los zapatos de taco", se ríe Graciela, con un optimismo imbatible.

 

Cuando los hijos ayudan/ Rosa y Donato
El corralito se llevó sus ahorros. Su hijo Germán les da una mano desde Alemania

A los 33 años, Germán es ingeniero electrónico recibido en la Universidad de Buenos Aires (UBA), sabe cuatro idiomas, vive en Alemania desde hace 5 años, trabaja para una multinacional y es uno de los tantos jóvenes argentinos que ayudan económicamente a sus padres desde el exterior.

Acá, en el departamento familiar de Barrio Norte, quedaron Rosa y Donato, que están jubilados. Cecilia, la hermana de Germán, es licenciada en administración de empresas y vive sola.

Hace dos años, cuando Germán vino a visitar a sus padres, vio que sobre su cama había una colección de enteritos, remeras, pantaloncitos y polleras tejidos al crochet. Todos tenían un cartelito con el precio. "Después de eso, Germán nos mandó una tarjeta de crédito. Mi marido ni la toca y a mí me cuesta mucho usarla, porque los padres estamos programados para ayudarlos a ellos", dice Rosa Garcés.

Con los años, Rosa descubrió varias cosas: que Ezeiza puede ser un lugar luminoso cuando su hijo regresa; o muy oscuro, cuando hay que despedirlo. Descubrió también que las preocupaciones se pueden compartir, y creó el grupo de Padres de Argentinos por el Mundo, que se reúne todas las semanas. Incluso comprendió que los padres también se pueden desprogramar y permitir que los hijos los ayuden. "Todos nuestros ahorros quedaron en el corralito, y con la jubilación de 240 pesos mucho no se podía hacer -dice Rosa-. Quedamos desamparados."

Con el tiempo, Rosa y Donato hasta encontraron las ventajas de tener a su hijo lejos: aprendieron computación y pueden reunirse con él, cámara web mediante.

 

Mamá todoterreno/ Silvia Roldán
Su pareja la dejó antes de que naciera su bebe, Luciano, al que crió sola y con orgullo

Toda mujer busca el ideal de familia, pero a veces las cosas no se dan", dice Silvia Roldán, de 38 años, mamá de Luciano, su bebe de 13 meses.

Después de dos años de romance con su pareja ocurrió lo que hasta el momento estaba fuera del libreto: quedó embarazada. A los dos meses de gestación, su novio no volvió a visitarla y se hacía negar cuando ella lo llamaba.

"Es muy difícil pasar por esa situación cuando estás enamorada, pero toda la gente me ayudó y hoy soy muy feliz. Luciano es hermoso, es buenito, es un regalo de Dios", dice Silvia y apretuja a su pequeño hijo, un pompón mullido que se esfuerza por pararse sobre sus piernas regordetas.

A pesar de las dificultades, Silvia cumplió su sueño de convertirse en mamá. "Me siento orgullosa. Al principio me daba no sé qué, y se lo decía sólo a los amigos íntimos, pero ahora lo llevo con orgullo y me gusta decírselo a todo el mundo", cuenta.
Lejos de dejarse abatir, mamá Silvia armó un álbum desde el comienzo de su embarazo y plasmó en palabras sus sentimientos en los márgenes de las fotos: "Mamá completamente enamorada y yo también", escribió a un costado de la primera imagen con el recién nacido.

"Hago todo como si fuéramos una familia: lo bauticé a los seis meses, le elegí unos buenos padrinos, en el verano lo llevé a Mar del Plata. Unicamente extrañaba la figura del hombre cuando había que ir a la playa con todas las cosas, el cochecito, los bolsos…"

La pequeña familia Roldán se completa con Celia, la incondicional abuela, que comparte la casa en el partido de Avellaneda con Luciano y Silvia.

"Mi mamá me apoyó mucho siempre. Ahora es quien lo cuida cuando yo tengo que ir a trabajar."
Hasta las seis de la tarde, Silvia trabaja en la administración de una empresa de publicidad; después, se entrega a los brazos tibios del pequeño Luciano, que la espera ansioso para resumirle las novedades de la tarde con un: "Ma".

 

Los tuyos, los míos, los nuestros/ Pía y Carlos
Ella aportó dos hijas. El era soltero. Juntos tuvieron tres varones. Ahora son una familia numerosa

Ella aportó dos hijas de un matrimonio anterior. El era soltero. Tuvieron tres varones. Ahora, los siete conforman una familia ensamblada.
"El nuestro es un caso fácil. Hay otras familias ensambladas mucho más complicadas", dice Pía Halliburton. Y sonríe. Parece que sabe de lo que habla, porque conoce otros casos en los que el rompecabezas para armar reúne muchas más piezas, sobre todo si los que comienzan a convivir aportan, ambos, hijos al nuevo escenario familiar. Ella se casó a los 22 y a los 28 ya estaba separada y con dos hijas -Pía y Lucía Neira-, en ese entonces de 4 y 5 años.
Al año y medio conoció a Carlos Cinollo Vernengo, soltero, corredor de cereales y productor agropecuario. Cuando empezaron a hablar de casarse, él comprendió que su destino estaba marcado por las mujeres: en vez de llevarse una, se llevaría, de entrada, tres. "En nuestra pareja siempre hubo hijos. Esa es una de las cosas típicas de las familias ensambladas.
No es fácil, pero tampoco imposible", resume Pía.

Después vinieron los tres hijos en común: Oliverio (9), Pedro (7) y Santiago (4). Hoy las chicas mayores tienen 18 y 20 años, y los cinco hijos viven con Pía y Carlos en un departamento sobre la calle Santa Fe.
Para la convivencia fue importante fijar normas, y esto implicó todo un esfuerzo. Las hijas del primer matrimonio de Pía tienen una muy buena relación con su papá biológico, con quien se ven todas las semanas. Un vínculo que Pía y Carlos favorecieron. Y también se llevan muy bien con Carlos. "Nunca le dijeron «papá», sino «Charlie»", cuenta Pía.

Una etapa difícil fue la de la adolescencia de las chicas. "Es una edad brava, y encima les llegaron los nuevos hermanos. Dejaron de ser las únicas y, lógico, hubo celos", recuerda Pía. Pero las cosas fueron mejorando: las chicas veían a sus hermanitos como bebotes y se distinguían de sus amigas, que ya habían dejado de tener hermanos. Pía y Carlos sienten que las familias de este tipo sólo funcionan con mucha paciencia y amor: "Hay que querer y dejarse querer, y las cosas se van dando naturalmente", dicen.

Hay que ser flexibles, no asustarse con los contratiempos ni hacer una tormenta de una lluvia pasajera. "En las segundas vueltas uno intenta cometer menos errores, pero la vida de todos está llena de aciertos y equivocaciones, aunque a mí, personalmente, me ha ayudado mucho la experiencia", reconoce Pía.

 

Con amor y tolerancia

"El mejor lugar para la crianza de un ser humano es la familia -dice Eduardo Padilla, médico psiquiatra y psicoanalista, presidente de la Fundación Familia y Comunidad-. Por lo general, aparece una vocación por crear una nueva familia a partir de una pérdida inicial. Y cuando uno forma una nueva familia lleva lo que queda de la primera." Padilla cree que todos pierden cuando hay una separación. Para que haya ganancia, tiene que haber mucho amor. "El amor tiende a la integración y a la reorganización de situaciones diversas en una nueva", agrega.

El presidente de la Fundación Familia y Comunidad destaca las dificultades naturales que se pueden presentar entre hermanastros: "Se pueden dar situaciones complejas entre hermanastros de distinto sexo, que a veces inconscientemente, para sabotear la unión de los padres, terminan enganchándose. Eso no es algo infrecuente de ver, aunque no descarto que también, por casualidad, tengan una afinidad muy grande".

Por otra parte, Padilla señala que muchos de los que se lanzan a la aventura de crear una nueva familia no son conscientes de los sacrificios y la entrega que la tarea implica.

"Hay gente que se une por soledad; por necesidades muy íntimas; que idealiza la reacción de los hijos y no quiere asumir que está enfrentando una misión muy difícil. Toda empresa humana requiere de mucho amor, y mientras más compleja sea la situación, más amor y tolerancia exigirá."

Fuente diario La Nación.

 

 


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